Caminar hacia el frente siempre ha sido algo que el ser humano ha hecho desde el momento en que empezó a evolucionar, mirar el suelo es costumbre de muchos y malestar de pocos, algunos con frecuencia notan los pliegues y relieves dignos de una cordillera que puede ofrecer el suelo, otros como es mi caso, no.
Victimas de estos pliegues que encontramos en las aceras, calles y caminos del mundo, hemos decidido levantar al menos una voz, donde solamente mostraremos la mejor manera para no raspar las rodillas.
El camino se hace largo, la vista en alto, mirada al horizonte, los pies van uno tras otro, jugando “a que te cojo ratón”, pero nunca se alcanzan. Tus ojos no siguen tu caminar porque ellos dicen no ser dignos de mirar al suelo, tus pies danzan y las piedras y pliegues van desandándose bajo ellos, las sonrisas de una grata compañía salen de tu boca.
El pie derecho se eleva a dos milímetros del suelo, golpea con la acera que en ese preciso sitio se elevaba seis milímetros, la punta del recubrimiento que el pie lleva para protegerse, se contrae, se ensancha nuevamente y hace que el cuerpo vibre, la rodilla se dobla, el pie izquierdo buscará ser equilibrio, pero usted deberá hacer con el mayor de sus esfuerzos cerebral, que no lo sea, la rodilla izquierda debe doblarse también, acompañar a la derecha en esa danza interminable, el cuerpo debe inclinarse en un ángulo de sesenta grados hacia el frente, las manos deben soltar lo que se tenga en ellas e ir acompañando la inclinación del cuerpo, luego de uno punto tres segundos, verás como ambas manos chocan contra el suelo, los codos también lo harán y sentirás un leve ardor, las rodillas caerán, el golpe será espectacular y la sonrisa de quien te acompaña sonará como un concierto de Pavarotti en la sala de tu casa, habrá ardor en las rodillas, un pequeño orificio en el recubrimiento de tela que va sobre tu piel de las piernas. Con una sonrisa y la cara colorada, te pondrás de pie, esperando nuevamente volver a repetir este procedimiento una y otra vez.

